MALASIA + SINGAPUR

Después de algo más de cuatro años, volvimos al punto en que habíamos dejado el Sudeste asiático en nuestra Vuelta al mundo en tándem: Kuala Lumpur, la capital de Malasia. Aquella vez nos habíamos quedado con las ganas de recorrer un poco más esa región que tanto nos había gustado, continuando nuestro viaje por lo menos hasta Singapur, isla y ciudad-estado ubicada en el extremo Sur de la península malaya. Cuestiones de tiempo lo habían hecho imposible y ahora estábamos allí de nuevo, esta vez cada uno con su bicicleta, para completar el trecho de alrededor de 400 km que une ambas ciudades, en lo que queríamos que fuera la primera etapa de una nueva aventura.

El trayecto estaba claro hasta Singapur, destino desde el que es posible acceder a Myanmar (la ex Birmania), un país que desde hacía años nos ilusionábamos con conocer pero al que hay que llegar en vuelos que parten de unas pocas ciudades. Aunque allí estaban puestas todas las fichas, también contemplábamos otras posibilidades, como recorrer islas de Indonesia (Sumatra y Java) o el norte de la isla de Borneo (Malasia insular y el sultanato de Brunei). La pedaleada por las islas, que estaban en su época de lluvias, eran opciones a la que acudiríamos en caso de no conseguir las visas y los pasajes para Birmania, que observa una situación política compleja y cambiante y hace muy poco abrió plenamente sus puertas a los visitantes extranjeros.

Como se verá, finalmente, pudimos ir a Myanmar, una decisión de la que no nos arrepentimos. En esta primera parte de nuestro relato, el trayecto en Malasia y Singapur.

SALIENDO DE KUALA LUMPUR
El recorrido en bicicleta por Malasia tuvo su punto de inicio en el aeropuerto de Kuala Lumpur (que en realidad está a unos 90 km de la capital). Allí habíamos dejado “durmiendo” a nuestras bicis mientras que nosotros pasábamos unos días en la ciudad para ahorrarnos la confusa salida a pedal desde Kuala Lumpur, que ya habíamos experimentado años antes.

Habíamos llegado en vuelos distintos y después de varias semanas sin vernos. El plan era que Andrés (que había pasado un tiempo en Europa realizando actividades académicas) llegara antes que Karina para ayudarla a armar la bicicleta y para que no quedara sola en un país musulmán (evidentemente su recuerdo de Malasia estaba injustamente afectado por su experiencia en Egipto). Y así se hizo, solo que un día después de lo previsto. Por problemas con la emisión de su ticket Karina tuvo que salir desde Buenos Aires al día siguiente del que figuraba en su pasaje, hacer una escala de más en París y llegar a Kuala Lumpur con más de treinta horas de vuelo encima. Enterado, Andrés también retrasó un día su llegada, en su caso por propia voluntad: decidió hacerse de los euros que le ofrecía la compañía holandesa por ayudarla a resolver un problema de sobreventas.

Tanto cansancio ameritaba pasar unos días en Kuala Lumpur (la idea original era visitar la ciudad justo antes de emprender el regreso para reponernos y acostumbrarnos a la diferencia horaria (que es de 11 horas con Buenos Aires). Los aprovecharíamos más que nada en recorrer el barrio chino y el llamado triángulo dorado (Bukit Bintang), donde nos alojamos, y en disfrutar de su muy sabrosa comida.

Después de dos días en KL, tomamos el tren de alta velocidad que lleva al aeropuerto y, una vez allí, armamos las bicicletas para empezar a recorrer el camino que nos iba a llevar primero hacia la ciudad histórica de Melaka y luego a Singapur. Fue ahí que notamos que faltaba una pieza en el portaequipajes delantero de Andrés (que había comprado en Francia junto con nuevas alforjas). Por suerte, como la travesía recién empezaba, la carga no era demasiada y se podía llevar sin problemas con una alforja menos.

Saliendo del aeropuerto no fue nada fácil encontrar la ruta correcta hacia el sur. Las carreteras malayas son excelentes, pero su señalización resulta confusa (al menos para nosotros): rara vez colocan carteles que anuncien el destino final, por lo que hay que orientarse entre los nombres de pequeños pueblos. Además, la zona del aeropuerto (que tiene varias salidas) es un laberinto de rutas por lo que tranquilamente se podría terminar encarando para el circuito de Fórmula 1 de Sepang (que suma a la confusión) o hasta regresar al mismo aeropuerto. El otro inconveniente de ese día fue el intenso calor, más que nada porque no estábamos realmente aclimatados a las temperaturas del mediodía. Con los sucesivos traslados y problemas en el armado de las bicis se nos había pasado la mañana, por lo que salimos a pedalear justo después de comer, cuando el cielo estaba sin una nube y con el sol ecuatorial a pleno.

Cansados de dar vueltas intentando encontrar el camino, decidimos parar a esperar que pasase lo peor de la tarde. Cuando volvimos a salir, ya con el sol bajo, y logramos finalmente tomar la ruta que va a Port Dickson, el margen de tiempo para llegar a ese puerto de la costa del Índico se nos había reducido bastante. En la ciudad de Sepang, que está sobre un cruce de caminos, no había alojamientos. Nos recomendaron entonces ir para la playa, a unos 15 km por fuera de la ruta que llevábamos. Sin estar muy seguros de haber entendido completamente las indicaciones que amablemente nos dieron, emprendimos camino. Guiados por un motociclista en los últimos kilómetros, llegamos casi al anochecer al lugar donde nos quedaríamos. Volveríamos a tener allí la experiencia de comunicarnos con la gente de la zona y pasar unas cuantas situaciones cómicas, de esas que se dan a menudo cuando no se habla una misma lengua y se puede recurrir solo a muchos gestos y unas pocas palabras en inglés.

La siguiente etapa hasta Port Dickson fue relativamente tranquila. Por suerte, el cielo se había nublado y no tuvimos que sufrir los terribles rayos solares del día anterior. A partir de entonces, todo el recorrido por Malasia e incluso por Singapur fue en esas condiciones, salvo por momentos excepcionales en los que el cielo se despejó. Es más, en varias ocasiones pedaleamos bajo una intensa lluvia.

A pesar de que hasta Port Dickson, una ciudad portuaria vinculada a la exportación de los dos principales productos de Malasia, el petróleo y el biodiesel hecho a partir del aceite de palma, hicimos dos etapas cortas de unos 50 kilómetros cada una, nos quedamos un día allí antes de salir para Melaka para descansar y terminar de acomodar las bicicletas y el cuerpo al viaje.

La siguiente etapa, que finalizaba en Melaka, sería de 100 km a través de una ruta bordeada en casi todo el recorrido por enormes plantaciones de palmeras de las que se extrae el aceite para el combustible. El día estuvo nublado y con algunas lluvias no muy copiosas. Paramos al mediodía a comer en un puesto sobre la ruta, donde conversamos con algunos de los hombres que almorzaban en el lugar, curiosos por nuestra presencia. El dueño del puesto nos regaló dos mandarinas, envueltas como para regalo, un presente bastante común en épocas del Año Nuevo Chino. Uno de sus clientes, que conversó bastante con Andrés, era de un pueblo cercano, pero se encontraba por ahí para visitar a un “médico tradicional”, con el que hacía una terapia paralela a la del hospital. Conocimos su pueblo, porque nos enseñó un camino para que pudiéramos pedalear un rato al lado del mar que lo atravesaba.
Ver las fotos de Kuala Lumpur y del trayecto hasta Melaka.

MELAKA, CIUDAD HISTÓRICA DE LOS ESTRECHOS MALAYOS
En los últimos días en Malasia de nuestro viaje de 2008 habíamos hecho una visita durante el día a Melaka, una ciudad que nos fascinó por su historia, su patrimonio, su interculturalidad (aparte de la presencia de malayos e hindúes, se da el sincretismo particular de los nonyas, chinos llegados al lugar hace siglos). Melaka (Malacca) fue visitada por el gran almirante chino Cheng Ho en el siglo XV, fue objeto de disputas durante siglos entre malayos, portugueses, holandeses e ingleses, fue ocupada por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial y, actualmente, junto con Penang (que también habíamos visitado en aquella oportunidad) figura en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO. Pero nuestra visita había sido breve y esta vez nos propusimos pasar unos cuantos días en esta fascinante ciudad.

Nos alojamos en el barrio chino, en un hotelito de tres plantas y con el frente en el mismo estilo de la mayor parte de las casas de allí. Desde la cocina, que estaba al fondo, se accedía a una especie de costanera que, como después pudimos comprobar en un paseo en barco, estaba adornada con murales por cuadras. En este hotel tuvimos una primera aproximación a Myanmar: la esposa del dueño era birmana y él mismo había trabajado varios años en ese país para la compañía petrolera malaya Petronas. Tenía colgado un almanaque de la líder opositora birmana Aung San Suu Kyi, lo que nos dio pie para iniciar una conversación sobre la actualidad de Birmania, Malasia y Argentina. Estaba asombrado de tener argentinos ciclistas en su hotel, acostumbrado a que la mayoría de los huéspedes fueran europeos o de países vecinos de Asia.

Pasamos tres días en Melaka, recorriendo el barrio chino donde abundan las casas de venta desouvenirspero también de antiguas mansiones de losbaba nyonya(la comunidad chino-malaya establecida allí desde hace por lo menos tres siglos), visitando algunos museos, los restos de las fortalezas portuguesas, holandesas y británicas, probando su exquisita comida con influencias de las distintas comunidades, viendo la asombrosa convivencia interreligiosa que demuestran la presencia de mezquitas, templos hinduistas, confusionistas y de distintas congregaciones cristianas en pocos cientos de metros.

Es bellísimo el Templo Cheng Hoon Teng, que trajeron desarmado desde China en 1673. Repleto de detalles de gran belleza artística (esculturas, grabados, pinturas, adornos) es un templo interreligioso, algo a lo que no estamos acostumbrados a ver en Occidente, donde cada religión es antagónica de las restantes. Aquí, en cambio, el templo es utilizado tanto por los confucionistas como por taoístas y budistas (del rito chino). No así, por supuesto, por musulmanes, hinduístas y cristianos, que tienen sus propios lugares de culto, a poca distancia de todos modos. En la parte posterior del templo, se rinde culto a los antepasados. Incluso se pueden ver miles de pequeñas urnas con las cenizas de los muertos, generalmente con fotos de sus rostros y un texto en chino.

La colectividad china de Melaka es una de las más antiguas y numerosas. A pesar de ser éste un lugar disputado por varios imperios coloniales, han sido los comerciantes chinos quienes tuvieron más éxito, a lo largo de los siglos, en dominar la economía de la ciudad. Si en otros tiempos Melaka fue la posición clave para el dominio de los estrechos por donde debía pasar, casi obligatoriamente, todo el tráfico marítimo entre el Índico y el Pacífico, desde mediados del siglo XIX esa posición se trasladó a Singapur, la ciudad a la que nos dirigiríamos.

Nos fuimos seguros de que Melaka es uno de los lugares más interesantes que conocemos y que bien nos podría valer una tercera visita.

RUMBO A SINGAPUR
La salida de Melaka resultó complicada, una vez más, por la dificultad para orientarnos. Además, estaba lloviznando. Durante todo el día (y los dos siguientes), el cielo estuvo nublado y la mayor parte del tiempo lluvioso. Por momentos esa lluvia se hizo abundante. Las alforjas alemanas respondieron bien, pero los frenos, a los que había que recurrir por ser la ruta bastante ondulada, se resintieron de tanta agua, que fue erosionando los patines.

Llegar a Singapur nos llevó dos días y medio en estas circunstancias. Seguimos la ruta costera, aunque sin ver casi nunca el mar, sino interminables plantaciones de palma y algo de caucho en algunos sitios (como paisaje, miles y miles de palmeras aceiteras durante 200 kilómetros es algo monótono). Sucede que el cultivo de palma se convirtió en el principal recurso de la región, con rendimientos económicos por hectárea notablemente superiores a cualquier otra explotación y un impacto negativo hacia los cultivos tradicionales que sirven para la alimentación. El cambio de cultivos se explica por el lugar que desde hace años ocupa Malasia en la economía mundial como exportador de combustible, un país considerado parte de la llamada segunda generación de los Tigres Asiáticos.

En la primera jornada desde Melaka, tratamos de llegar a una ciudad llamada Batu Pahat, algo bastante difícil de lograr porque habíamos arrancado tarde. En un parador rutero varios nos dijeron que no había alojamientos en las próximas ciudades y un hombre que nos invitó un café intentó convencernos de que nuestras opciones eran volver a Muar (que ya habíamos superado) o ir hasta la única casa de las proximidades donde alquilaban una pieza. Desconfiamos un poco de la información por lo que decidimos jugarnos y tratar de llegar a algún lugar más cercano al destino, pensando en que en alguno de los varios pueblos que figuraban en el mapa encontraríamos dónde quedarnos.

Pero en ninguno había hoteles o sitios de camping (algo mucho menos probable en el Sudeste de Asia). Finalmente obtuvimos la referencia de una home stay que quedaba unos 15 kilómetros más adelante. Cuando ya de noche llegamos al lugar pensábamos que iba a ser carísimo. Pero la sorpresa fue otra: el sitio pertenecía a la comunidad y para poder alojarnos debíamos contar con el permiso de su líder, que estaba orando en la mezquita. Ya antes de que viniera a conocernos nos enteramos de que el alojamiento estaba lleno, así que esperábamos llegar a alguna otra solución, como conseguir su permiso para armar la carpa. Pero el líder resolvió que lo mejor era que nos quedásemos en la casa del joven que se había preocupado por contactarlo.

El muchacho vivía solo en la casa de su familia y trabajaba como campesino. Según nos contó, su trabajo era parte de la probationya que “había cometido un error de juventud” e ido a parar a la cárcel, de la que había salido hacía no mucho tiempo. Su sueño era ir a vivir a Holanda, donde tenía parientes. Lo atraía la liberalidad de ese país con el consumo de drogas (que en Malasia es un delito duramente reprimido) lo que nos hizo pensar que podría bien ser éste su “error de juventud”.

Charlar con él fue muy interesante como forma de conocer la vida y el pensamiento de un joven malayo. El discurso homogéneo de la interculturalidad que veíamos en museos y propaganda oficial adquirió otro cariz al escuchar cómo, en un primer momento, se hacía eco de ese discurso, para terminar confesando poco apego por las tradiciones religiosas y políticas. Una de las cosas más interesantes de su relato fue que en su estancia en la cárcel, donde había hecho las mejores relaciones con árabes (inmigrantes de países de Medio Oriente) y pakistaníes, había notado que, contra la imagen generalizada, no todos eran muy religiosos. De acuerdo a su relato, había muchos que eran ateos que guardaban las formas del islamismo para no ser hostigados o castigados en sus países. También reflejaba en su discurso la idea de las características raciales como determinantes de la conducta de los distintos pueblos, algo que difunde el discurso hegemónico de Malasia, y clara herencia de la ideología de la colonización inglesa, pero en una versión “benévola”, que pone el acento en la convivencia. “Todos somos malayos”, concluía.

Al día siguiente, seguimos su consejo y tomamos la ruta central en lugar de seguir por la costa, lo que nos ahorró algunos kilómetros pero nos llevó a una carretera más transitada, que corría paralela a la autopista central. La lluvia continuó y se hizo tormenta. Atravesando una zona descampada y algo montañosa, cuando nos tocaba lo más copioso de la lluvia, un ómnibus que pasó pegadísimo a Karina hizo que tuviera que tirarse fuera de la ruta, sin banquinas, cayendo sobre un abultado colchón de tierra y agua.

Nuevamente nos encontramos con el problema del hospedaje, después de que en varios pueblos nadie supiera darnos una respuesta que no fuera mandarnos más adelante, a la ciudad de Kulai, que en realidad es un suburbio de Johor Bahru, la ciudad malaya que está justo antes de la isla de Singapur. Por suerte la ruta estaba iluminada. Era la noche que comenzaba el Año Nuevo Chino y había un ambiente algo festivo, aunque tranquilo. Finalmente, mojados y exhaustos, llegamos a Kulai y nos quedamos en el primer hotel que encontramos.

El tramo que nos quedaba hasta Singapur era de unos 40 kilómetros. Lo hicimos todo por una autopista cada vez más transitada que nos llevó casi sin darnos cuenta fuera de Malasia, dejándonos sobre el puente de más o menos 1,5 km que lleva a la isla y que cruzamos por el carril de las motos. Todo fue bastante sencillo. Nos preguntaron si llevábamos algo para fumar y nuestra respuesta alcanzó para que ni nos revisaran el equipaje, como sí hacían con el resto. Nos sellaron el pasaporte y entramos a Singapur.

En seguida llegamos a Woodlands, en el norte de la isla. Se largó la lluvia y después de esperar que amainara seguimos rumbo a la ciudad de Singapur. Teníamos reserva en un hostel en pleno centro, en el barrio colonial, que nos costó bastante encontrar. Aunque era especialmente horrible y caro no tuvimos ganas de someternos al trajín de la mudanza, que siempre es un lío con las bicicletas. Nos quedamos alojados allí hasta que salimos rumbo a Myanmar.
Ver las fotos de Melaka y del trayecto hasta Johor Bahru.

SINGAPUR
Llegábamos a Singapur para el Año Nuevo Chino por lo que otros viajeros nos habían advertido en Melaka sobre la conveniencia de arreglar el tema del alojamiento de antemano: este país diminuto pero de gran riqueza tiene una población mayoritariamente china que hacía pensar en grandes festejos. No teníamos en mente nada respecto de esta festividad cuando decidimos viajar a la zona, pero ya estábamos entusiasmados con la idea. Esperábamos encontrar agitación y espectáculo, dragones multicolores y todo lo que se asocia con esta fiesta.

Pero la realidad fue otra: nos encontramos con una ciudad vacía. Había varios días feriados y al parecer gran parte de la población se había ido de vacaciones (lo que explica el tráfico de la ruta en los dos días anteriores), los comercios estaban cerrados en su mayoría y toda la actividad estaba focalizada en dos o tres sitios. Encima, la lluvia seguía. La embajada de Myanmar, para colmo, también estaba cerrada y hubo que esperar a que abriera, tres días más tarde, para poder tramitar la visa y confirmar que nuestro viaje iba a continuar allí.

Singapur es una isla de no más de 20 km. de lado a lado, separada del continente por un estrecho (que cruzamos por el puente que la une a Malasia). Más de la mitad de la isla es la ciudad propiamente dicha. Se trata de un centro financiero (el segundo de Asia) e industrial que tiene uno de los PBI per capitamás altos del mundo. El 70 % de la población es de origen chino y la hegemonía de esa comunidad se nota en todas partes, aunque también hay musulmanes e hindúes.

El imperio inglés tenía aquí una de sus fortalezas más impresionantes, con fama de inexpugnable, aunque los japoneses en la Segunda Guerra Mundial la conquistaron en días. Si bien al momento de la independencia de Malasia Singapur formaba parte de ese país, se separaron de común acuerdo a principios de los 60: los singapurenses pensaban que aportaban más de lo que obtenían del estado malayo y los malayos preferían tenerlos separados para que la colonia china no superara en número a los islámicos. Singapur se convirtió pronto en uno de los tigres asiáticos.

Ahora es una ciudad ultramoderna, donde quedan pocos rastros de la antigua fortaleza colonial británica, como el imponente Hotel Raffles. Las huellas de este pasado imperial, sin embargo, parecen vivirse con cierto orgullo por el estado que, de alguna manera, es su continuidad.

Pasamos los días en Singapur recorriendo los interminables shopping centers –no por voluntad propia necesariamente, sino porque todo es como si fuera un enorme shopping–, disfrutando su comida famosa a nivel mundial, visitando algunas atracciones. Fuimos por las noches al lugar donde se organizaban los festejos por el Año Nuevo, una explanada junto al mar donde había espectáculos, puestos de comida y un gigantesco mandarín de plástico que arrojaba papeles dorados que auguraban fortuna al que le cayeran encima. Visitamos también el extraordinario zoológico, donde casi no hay jaulas sino ambientes más o menos abiertos para los animales, muchos de ellos de la zona como los orangutanes.

Cuando el feriado acabó, la ciudad retomó su ritmo ajetreado y nosotros pudimos ir a la embajada de Myanmar. Conseguimos la visa para el día siguiente y sacamos pasajes inmediatamente para Yangon, la principal ciudad (capital hasta hace pocos años) y único acceso internacional, dado que la mayor parte de las fronteras terrestres están cerradas. El vuelo era a las 9 de la mañana, por lo que intentamos subir con los bolsos de las bicis al subte que va al aeropuerto apenas abría, a las 6 am. Terminamos tomando dos taxis. Por suerte llegamos bien y pudimos subir al avión para aterrizar, tres horas más tarde, en Yangon.
Ver las fotos de Singapur.

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